PANTALLAS Y PANTALLITAS

 

 

Con estas palabras definió anoche René Vargas Vera[1] a los instrumentos de la revolución tecnológica a la que asistimos. Faltaban escasos minutos para las 10 de la noche en la Iglesia San Alfonso. La gente escuchaba atenta, es que él había viajado especialmente a nuestra provincia para presenciar aquello para lo que sus palabras servían de preludio. El frío desgarraba afuera y el calor humano prometía adentro. Sólo unos minutos separaban al silencio sepulcral del estallido de aplausos que recibió al Estudio Coral de Buenos Aires, uno de los mejores coros de Argentina y del mundo, que estaba dirigido por el genial Lopez Puccio – también integrante de Les Luthiers- y venía, además, por primera vez a Salta…

 

Siglo XXI. Año 2008. No sería precursor decir que asistimos al arribo de las nuevas tecnologías. Menos sería innovador establecer que van ganando día a día nuevos espacios, a medida que crecen las personas dispuestas a articular algún aspecto de su vida con ellas. Y tampoco sería útil escondernos en un armario de melancolía por las cosas que se llevaron y los cambios que trajeron. Lo cierto es que ya están aquí, tienen su espacio, se renuevan y reinventan día a día.

Asistimos, en lugares privilegiados, a los mejores conciertos a través de un reproductor de DVD y un home theater  bien ecualizado, comunicamos sensaciones, y los besos y abrazos parecen llegar, por teléfonos móviles, por chat, o por e-mail. Accedemos al pensamiento de un sinfín de autores clásicos y contemporáneos. Llegamos rápido, instantáneamente. Unimos puntos distantes a miles de kilómetros en fracciones de segundos.

Accedemos, por portales como Google o Wikipedia, a la información necesaria en cada momento, y que de otra manera, nos demandaría días o años de búsqueda y recopilación.

Y también nos nutrimos de los medios masivos, y contribuimos a la construcción que ellos hacen de nuestra realidad. En este sentido, Cristina Mata[2] advierte la proliferación de un nuevo modo en el diseño de nuestras interacciones, en este estado de sociedad al que denomina “Sociedad Mediatizada”, una nueva forma de estructuración de las prácticas sociales, marcada por la existencia de los medios.

Eliseo Verón[3] también hace su aporte en la cuestión, aportando a la definición del fenómeno de mediatización, como un proceso dentro de la sociedad por el cual las prácticas sociales (modalidades de funcionamiento institucional, mecanismos de toma de decisión, hábitos de consumo, conductas más o menos ritualizadas, etc.) se transforman por el hecho de que hay medios

Es en esta coyuntura que vivimos donde la mediatización de la sociedad -la cultura mediática- nos muestra claramente como el proceso colectivo de producción de significados a través del cual comprendemos, comunicamos, reproducimos y transformamos nuestro orden social, se ha rediseñado a partir de la existencia de las tecnologías y medios de producción y transmisión de información y la necesidad de reconocer que esa transformación no es uniforme.

   Nos enfrentamos aquí a un cambio que no es tan sólo epocal, sino que remite también a un modo de pensar que, de alguna manera, pone de manifiesto la necesidad de recuperar la materialidad de los procesos significantes o, si se quiere, de reponer la centralidad de los medios en el análisis cultural pero no ya en su carácter de transportadores de algún sentido añadido -los mensajes- o como espacios de interacción de productores y receptores, sino en tanto marca, modelo, matriz, racionalidad productora y organizadora de sentido.

Y nuestro lenguaje cotidiano se ha modificado, hablamos distinto. Dr. José Luis Orihuela Colliva[4] señala que es esta circunstancia, justamente, una de las manifestaciones más evidentes de la cultura digital. Ya hemos incorporado, en principio con carácter definitivo, a nuestras prácticas discursivas una gran cantidad de términos que utilizamos con la misma frecuencia con que usamos los recursos que ellos designan: Internet, correo electrónico, páginas web, módem, formatos de archivo, velocidad de conexión, servidor, webcam, interfaz, escáner, compresión, listas de distribución, foros de discusión, salas de chats, y por supuesto, cibercomunidades, medios virtuales, hipertextos y portales.

En un artículo publicado por el periódico La Nación hacia el año 1996, Humberto Eco[5] distinguía, en una metáfora, entre diversos modos de usar la internet

Así, el “borracho” es el usuario no profesional que padece del síndrome de fetichismo tecnológico, alguien que ha desarrollado tal relación de dependencia con los instrumentos digitales que ya no concibe la vida fuera de la red: cuando sale al mundo exterior es para visitar un cibercafé, con sus amigos se encuentra en las salas de un chat, vive pendiente del correo electrónico, pasa la mitad del día navegando y la otra mitad rediseñando su home page.

El “abstemio” no es usuario (todavía), el temor que le produce una tecnología que desconoce y que amenaza su perfil profesional le hace refugiarse en su confortable tecnofobia, que en ocasiones enmascara ideológicamente, pero que no es más que la perplejidad timorata de quien no sabe resituarse en el presente y prefiere la apacible parálisis del pasado.

El “catador” es el usuario que no ha sucumbido al vértigo provocado por la velocidad del cambio, que ha superado la fascinación y que no se ha estancado en la perplejidad. Utiliza los nuevos medios en función de sus necesidades reales, con sobriedad y con prudencia. Sabe escoger y es consciente de que no puede probarlo todo.

Para finalizar, el mismo Dr. Orihuela Colliva, antes mentado en este mismo ensayo, nos llamaba a tomar el desafío de ser protagonistas de la revolución tecnológica, en vez de limitarnos a adaptarnos de manera mecánica y acrítica a sus imposiciones. Yo propongo mantener siempre en mente que las herramientas tecnológicas nos son las experiencias en sí. Pueden representarlas, transmitirlas, acercarlas, e incluso ser parte de ellas, pero nunca pueden reemplazar aquello a lo que se refieren. Como decía, que las transmitan, que las representen, o que las acerquen, pero no permitamos que las reemplacen. Que no dejen de ser el medio, la pantalla, para que nadie nos quite nunca la posibilidad de implicar todos nuestros sentidos y subjetividades, junto a un contexto determinado, para vivir plenamente las experiencias más profundas que nos brinda nuestra existencia.

Olvidaba mencionarlo. ¿Por qué al comenzar este ensayo hago alusión a la hora, el lugar, el clima, y las sensaciones de la gente en un evento determinado? Simplemente porque pude estar ahí. No es lo mismo que verlo por TV, vaya que no es lo mismo…

ALEJANDRO MARCELO BENAVIDEZ


[1] Nació en Catamarca y se radicó en Buenos Aires. Estudió piano y violín. Cursó en el seminario. Se formó en filosofía e incursionó en derecho. Su nombre fue reconocido por muchos años como referente importante para la crítica de la música popular desde su columna en el diario La Nación del que sigue siendo colaborador.

[2] MATA, Cristina. De la cultura masiva a la cultura mediática. Diálogos de la comunicación. Argentina.

[3] VERÓN, Eliseo. Semiosis de lo ideológico y del poder: la mediatización. Universidad de Buenos Aires. Argentina.

[4]ORIHUELA COLLIVA, José Luis. Promesas de la era digital. Sala de Prensa

[5] ECO, Humberto, “Dos o más modos de usar Internet: la alcohólica y el catador”, La Nación, 1996.

 http://www.saladeprensa.org/art170.htm

http://cursa.ihmc.us/servlet/SBReadResourceServlet?rid=1131318757078_1471265778_1179

http://www.youtube.com/watch?v=DNANPeUDeMg

 

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